miércoles, 29 de julio de 2009

Retórica...

Creo que cuando Neruda escribió en su poema “puedo escribir los versos más tristes esta noche…” pasó una noche como esta, no por la tristeza, sino por la capacidad de hacerlo.

Una noche puede pasarse de muchas maneras, durmiendo es la forma más común, preocupado por alguna persona o situación es otra, tomando, festejando o llorando, teniendo sexo, pero por lo general la actividad no alcanza para desempeñarla toda la noche, y otra, que en realidad desconozco y no deseo saber cuán común puede ser, es pasar la noche hablando.
Creo que cada momento del día representa algo muy particular para cada individuo, la mañana puede resultar para algunos algo muy revitalizante y para otros el momento fatal de comenzar una jornada, medio día es el momento de comer o el momento de sentir una flojera imposibilitante, la tarde es vista por unos como el momento de terminar el trabajo y comenzar a descansar y por otros como el punto de regresar a una realidad desagradable o quizá el inicio de una nueva actividad, pero la noche, ese momento del día o antagónico del mismo, es casi en su totalidad el momento de descanso para la mente y el cuerpo, salvo en aquellos lugares donde la gente “nunca duerme” o mejor dicho, donde la gente ha encontrado la forma de llenarse de necesidades hasta en el momento de dormir.
Dormir por la noche es algo instintivo, las gallinas duermen en cuanto se acaba la luz, los girasoles se cierran cuando se apaga el sol, y las personas sentimos deseos de dormir cuando la única iluminación disponible es la artificial. Pero, curiosamente, creo que cuando una noche se vive despierto algo interesante sucedió.
Podré comenzar explicando mi punto con algo muy lógico, es interesante ese “algo” no porque la actividad que se desarrolle sea distinta a lo que se podría hacer en cualquier otra hora del día, es decir, se puede hablar como se habla durante el desayuno, se puede discutir y llorar como se hace a las seis de la tarde, se puede escribir como se escribe en un momento libre y de inspiración diurna, se puede tener sexo como aquel “mañanero” que nos pone de buen humor todo el día, y así sucesivamente, sino porque, lo que vuelve interesante a esa actividad indefinida en cuestión es la percepción y el grado de importancia que le damos. Nuestros sentidos se encuentran alterados, siempre y cuando llevemos ya algunas horas despiertos, nos sentimos cansados, sedados, excitados, tal vez nos volvemos más analíticos por las circunstancias que nos han llevado a permanecer despiertos, tal vez podemos ver las cosas con una claridad alimentada por la oscuridad, o nos atrevemos a ser honestos por primera vez en el día porque es a esa hora en la que comúnmente nos encontramos dormidos y por lo tanto vulnerables ante el mundo. Las razones que sean y las consecuencias de las mismas nos llevan a convertir una situación cualquiera en algo distinto, interesante.
Tal vez la lógica explique una parte pero la anti-lógica, es decir, el lado emocional del ser humano, complementa la experiencia vivida. Cuando permanecemos despiertos el momento se vuelve mágico, los sentimientos afloran y hacemos más caso de los sentidos que de la razón. Somos testigos de un fenómeno que pocas veces observamos, y digo observamos porque tal vez lo vemos pero no le prestamos atención, la forma en la que la luz sucumbe ante la oscuridad, el surgimiento de las estrellas, el dominio de la luna sobre los otros astros, el maravilloso estado de esa casi completa oscuridad, para dar paso a la bienvenida a un cielo no tan negro y sí más azul, de unas estrellas que se cansan de brillar y lentamente se apagan o emigran hacia otro lugar, del derroque de la luna por un enemigo eterno que es el sol, hasta que de nuevo el ciclo se cierra y las cosas vuelven a empezar. Eso es mágico, es el fenómeno estral más seguro partiendo de la existencia de una luna y un sol.
Cuando se es testigo atento de ese momento las cosas no pueden ser vistas nunca de la misma forma, aquello que se hace deja de ser solamente un hecho, una actividad, para convertirse en algo que definirá en adelante la persona en que habremos de convertirnos. Es así como una buena “peda” puede ser el pasó a una amistad verdadera o a la destrucción de la misma, como una relación sexual puede derivar en un nuevo ser o en sentimientos de amor o de culpa, una discusión podría revelarnos la verdadera situación en la que nos encontramos o marchitarnos el alma para siempre, una fiesta podría ser un hermoso recuerdo que nos acompañará como una luz en nuestros momentos de oscuridad o como la brisa que habrá de apagar la tenue llama que nos mantiene con fe, o una conversación puede revelarnos aquel lado que siendo normalmente oscuro y se ve iluminado durante el día por la luz de nuestro pensamiento, se vuelve oscuridad ante la falta de la propia luz.
La noche que he pasado ha sido particularmente excepcional, y me atrevo a utilizar ese adjetivo porque alude de manera precisa a un acontecimiento poco común y extraordinario en la monotonía de mi vida. Lo fue porque en esta noche no sólo mis ojos permanecieron abiertos, sino que mi mente se volvió compañera en su apertura de tal manera que fui capaz de conectar lo que pienso con lo que siento, mis inversiones con mis anhelos, mis actos con los fines últimos de mi naturaleza, pero de una forma tan pura, tan real y transparente que las palabras que salían de mi boca jamás habrán de ser repetidas con tanta elocuencia y honestidad como esta noche lo fueron.
Fue como el despertar de aquella parte de mí que permanece dormida ante la impotencia que siente al luchar constantemente contra una razón que deja de tener sentido cuando aquello que se cree o se hace no produce felicidad; como desmembrar una confusión que alimentada por el miedo al cambio se trasforma en aquel viento que dispone sobre la pequeña barca que es mi vida, separar cada una de sus partes y ver como todo se reduce a simples cuestiones que por su calidad de simples resultan muy difíciles de aceptar.
Fue ver la radiografía de mi pensamiento, el hambre que siento y aquello con lo que debo ser alimentada para saciarla, mis necesidades desnudas y las vestimentas inapropiadas, remendadas, que uso para vestirlas, y darme cuenta de que no soy tan complicada sino que me complico porque me asusta verme tan clara que puedo reducirme a una sola expresión: “tengo dos lados, mi parte pensante y mi parte sensible, navego de un lado a otro de manera breve pero constante y aquel que elija para estar a mi lado habrá de entender y aceptar esto que soy, lo cual será imposible mientras yo no me atreva a aceptar ambas partes y a encontrar una conciliación”.
Gracias a la retórica que me ha permitido describir por medio del lenguaje escrito lo que esta noche viví, gracias a los oídos que escucharon, a los ojos que no se cerraron, a la mente que se mantuvo despierta con tanta atención y honestidad, pero sobre todo gracias al amigo que entendió que en ese momento lo que necesitaba era ser escuchada, vista y atendida como si lo que mi boca pronunciaba tuviera tanta importancia para esa otra vida que compartió ese momento mágico, extraordinario e irrepetible como lo fue para esta vida que en este momento termina con un breve lapso de inspiración.