
El árbol que daba flores rosas murió. No sé hace cuándo pasó, no tengo idea, sólo sé que hoy que pasé por aquel lugar no había hojas en sus ramas, su tronco esta seco y un poco de corteza estaba regada junto a él.
Recordé algunas tardes en las que mi alma se sentía triste y mi espíritu cansado, la forma en la que veía el mundo en tonos grises porque la pesadumbre se robaba el color, etapas llenas de cambios donde no sabía qué hacer o decir, donde los momentos de tomar decisiones me atajaban sin cansancio y la presión por elegir era tan grande y abrumadora que no sabía si quería ceder y quedarme quieta o tomar un camino sólo por avanzar sin importar a dónde habría de llevarme.
Qué tan importante puede ser un problema a los 19 años, aún me lo pregunto, pero sin encontrar la respuesta sé que fue importante porque fue el fin, y el inicio en consecuencia, de una etapa llena de dolor y de rencor que me enseñó grandes cosas pero que por fortuna se quedó atrás, justo como un recuerdo que ya no duele pero que dejó su cicatriz.
En esas tardes en las que solía recorrer el mismo camino buscando un consuelo pasaba siempre al lado de aquel árbol inmenso vestido de verde y rosa, vecino de aquel otro cuyos ropajes eran verdes con amarillo; era algo hermoso de ver porque estaban fuera de contexto aquellos colores, entre tanta construcción y ornamentaciones, entre tanto verde de árboles sin flor se encontraban aquellos dos amigos que por temporadas se engalanaban vistiéndose con color.
Solía detenerme a media calle, agradezco que no fuera muy transitada, para verlos mecerse por el viento y dejar caer de a poco una hoja o una flor, creo que una de ellas, no sé si la rosa o la amarilla tenía un olor parecido al jabón. Era algo que me tranquilizaba, me hacía sentir que la belleza aún habitaba en el mundo, que podía encontrarla en cualquier lugar, pensaba que esos árboles eran hermosos por el contexto que los enmarcaba, que eran únicos en esa calle, y que por más que las cosas fueran burdas, falsas, pesadas o exageradamente elaboradas, la belleza de la sencillez podía hacer su nido dándole color a cualquier pesar.
Ahora ese árbol esta seco, su vecino debe sentirse muy triste, pero creo que de esas tristezas llenas de hermosos recuerdos, que oprimen el corazón por la nostalgia pero que la lágrima que se derrama es por amor. Yo también lo extrañaré, cuando camine buscando consuelo siempre en el mismo lugar.
Es curioso descubrir que no habrá más flores rosas por aquel camino el mismo día en el que el consuelo que buscaba me lo dio mi familia.
Esas flores rosas estarán por siempre en mi recuerdo, y mi familia en mi corazón.