Ella tocaba a su puerta de vez en vez, él siempre atendía esperando su llamada.Se conocían desde la infancia, desde los primeros recuerdos que alguien puede tener, incluyendo aquellos que se debería omitir y excluyendo aquellos que siempre habrían de estar.
Ella jugaba con su cabello, lo rizaba, lo jalaba y volvía a empezar; esto para él no era nuevo, sabía perfectamente lo que ella diría, podría decirlo con una mirada, con un abrazo o con la magia del silencio.
Desde hacía días, semanas, meses tal vez que él veía en su mirada las ansias de volar, de enfrentarse a los demás por ella misma; pero veía también el miedo, aquel miedo al fracaso, a regresar con las manos vacías, pero sobre todo el miedo de temer tanto hacer las cosas para terminar perdiendo el tiempo, en un mismo sitio o en el más allá.
Él la miró, le sonrió, la abrazó, la tomó de la mano; caminaron juntos, ella cargando sus temores, sueños y esperanzas, él, cargando una sola maleta café.
Con una nostalgia ya presente y con una alegría ahogada por el quizás, la besó en la frente, le entregó su maleta y le señaló el camino que él jamás habría de recorrer.
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