Sentí tus caderas aprisionando las mías, respiré tu aliento, la humedad de tu boca en mi oído empañaba mi pensamiento; me convenciste con una mirada y cuando quise escapar fueron tus brazos los que detuvieron mis movimientos.
Rindiéndome me despojaste de todos mis tapujos y te pedí que me contaras todas las historias que sabías, con tu boca, con tus manos, con tu cuerpo.
Que delicia tus palabras resbalando por mi piel, que placenteras todas tus fantasías haciendo eco en mis movimientos; me sentí frotando mi entrepierna entre las sábanas de tu cama de pequeño, acaricié la tierra del cañón con mis dedos entre tu pelo, me llevaste en un viaje al universo lleno de explosiones y de cuadrículas en el firmamento; vi la silueta de la luna nueva en el contorno de tu espalda, conversé con Dios mientras sentía que moría de a poco, despacio.
Olías a salvia, sabías a vino, sonabas a eso que suena la inocencia cuando descubre el erotismo, reconocí la culpa que sentías de niño y toqué la rebeldía en cada una de tus cicatrices, acaricié tus ganas de saludar a tu padre mientras pasaba de largo, me acomodé contigo; besé el espacio que habita entre nuestras soledades concurridas.
Dejé que me abrazaras, que plasmaras marcas sobre mi piel, que oscilaras entre la ternura y lo violento, te pedí que me dejaras escuchar como tu esencia se consumía en un espasmo y terminar lo que sería ese recorrido por los recodos de tu vida y de tu cuerpo.
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