lunes, 26 de diciembre de 2016

De los aciertos...

Debe haber cientos de historias sobre dos seres que se cruzan, haciendo esa mezcla de dos bocas que recorren caminos llenos de espacio y de historias, hasta llegar la una a la otra para reiniciar el tiempo.
¿Cómo tu boca encontró a la mía?
Caminamos a des-tiempo, a des-pasos, a des-todo, concebidos en diferentes puntos geográficos, históricos, en circunstancias distintas pero quizá con la convergencia de esa ilusión de dos seres que reciben con ingenua esperanza a una nueva vida.
Tú, verano después de mí, yo siete primaveras antes que tú, como si contando las estaciones todo tuviera más sentido o menos distancia.
Si tuviera que contarte las esquinas que doblé hasta llegar a éste espacio, o los senderos mellados de alabastros que laceraron mis pasos, si pudiera trascribir aquellas charlas con el universo en dónde le rogaba por alguien que quisiera quedarse, sin ilusión que llegara; si pudiera conocer las justas que libraste en cada palestra vital de tu existencia.
Si hubiera decidido irme antes de que tú llegaras.
Entonces, jamás habría contemplado tus ojos cargados de tanto, o escuchado tu voz trémula ante la defensa de algo, o tocado tu tez como armadura de cada ilusión, de cada deseo, de cada esperanza; jamás habría cerrado los ojos esperando que me besaras.
Pero no me fui y tú llegaste, y llegaste queriendo quedarte, asumiendo el riesgo de pedirme que no me marchara, haciendo lo que ciertos otros intentaron sin mucho acierto:
Darme un beso de buenas noches mientras me quedo dormida entre tus brazos.

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