Yo tenía 9 años cuando nos los regalaron.
Cuando pienso en mis 9 años pienso en el primer año más difícil de mi vida. Me había cambiado de ciudad muy a pesar de mi voluntad, había llegado a vivir a una colonia muy distinta a la mía, con algunas calles sin pavimento y con niños corriendo por todos lados sin zapatos. Mí escuela era un infierno lleno de demonios de nueve años, donde me jalaban el cabello, se reían de mí, me quitaban mí dinero, inventaban chismes, y donde prefería sentarme sola fuera del salón a que los minutos del recreo terminaran. Los maestros me querían y los compañeros más me rechazaban, le gusté al niño guapo de la escuela y mis compañeras más me maltrataban, ganaba los concursos académicos y eso me ponía no solo como la nueva o la rara sino también como la mamona presumida que se cree más que los demás.
Mi casa era otro pequeño infierno de a momentos, me sentía sola y las broncas entre mis padres en lugar de resolverse con el cambio de ciudad se agravaron porque ahora se veían diario.
Y un día mis tíos llegaron a regalarme al Nicolás. Un french talla mediana color blanco. Y yo lo amé desde el día uno.
Se convirtió en MÍ perro. Yo lo bañaba, lo cepillaba y le cortaba su pelo, él me mordía cada vez que podía y en ocasiones lograba clavarme los colmillos hasta el punto de hacerme sangrar, y aún así lo amaba.
No pasó mucho tiempo para darnos cuenta que sus patas traseras se comenzaban a doblar hacia adentro y eso ya no le permitía brincar. Lo llevamos al veterinario y nos dijo que era algo común y que era mejor dormirlo (qué forma tan elegante de decir asesinarlo) en ese momento, porque su condición empeoraría, tendría mucho dolor y dificultades para caminar. Yo me resistí y por fortuna mi padre también.
Nico vivió 13 años a mi lado. Es el perro más listo que he tenido, encontró la forma de hacer todo lo que haría un perro adaptándose. Se subía a la cama con ayuda, haciendo palanca entre sus patas delanteras, su cuello y la mano de alguien que lo apoyara en hacer presión, pero se subía por él mismo. Caminaba con sus patas traseras dobladas y casi arrastrándose cargado básicamente por sus patas delanteras y una habilidad increíble de balance y equilibrio de todo su cuerpo. Mis amigos le llamaban “el perro foca” porque era muy similar su andar.
Tenía un oído increíble y era protector. Avisó cuando quisieron robar la camioneta de mi papá afuera de la casa, avisó cuando mi hermana se desmayó en el vestidor de nuestro cuarto, avisaba de todo y encontraba la manera de darse a entender.
Murió no por viejo sino por un accidente.
Fue mi primera muerte significativa. Nadie sabe lo que se siente perder a un perro como el Nico. Nadie sabe lo que se siente cuidarlo y sentir que te cuidaba, nadie sabe todo lo que le conté a él y no supo nadie más. Nadie sabe lo mucho que me dolió llevarlo a que lo durmieran para no verlo sufrir más.
Creo que el Nico me enseñó mucho sobre cuidar a aquellos que amas, que todos se merecen la oportunidad de vivir, que un perro así puede ser más leal y amoroso que cualquiera, a interesarme por los perros diferentes o especiales. El Nico fue mi compañero y mi amigo, aunque tuviera un carácter de la chingada, y cómo no, si vivía siempre con dolor.
A veces me siento como el Nico, muy leal y amorosa a mi manera, a veces medio chueca y viviendo a ratos con mucho dolor. Pero siempre teniendo en claro cuidar a mi gente aún con todo y mi carácter de la chingada.
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