Me senté al sol, rodeada de mis perros, con una taza de café y una mandarina. Me quedé escuchando las hojas al viento y los pájaros. Sentí paz y de pronto me pregunté desde dentro ¿quién soy? ¿por qué sufro? Y todo se me vino de golpe.
Pido perdón. A Dios, a la vida, al universo.
Soy y siempre he sido una de las hijas favoritas de Dios. ¿Cómo lo sé? Es sencillo, me ha dado tanto. Tanto que me volví arrogante y caprichosa.
Tengo más de lo que merezco. Explico:
Comenzaré por lo básico. Tengo un cuerpo sano a pesar de los malos tratos. Tengo salud a pesar de los descuidos; mi familia y seres queridos están sanos también.
Tengo una familia que ha hecho todo lo humanamente posible por aceptarme y hacerme sentir amada; amigos que corren en mi auxilio y celebran mis logros como si fueran suyos.
Me dedico a lo que amo; cada día soy testigo del milagro del cambio del ser humano. Y por si fuera poco, esa profesión me da para vivir mejor de lo que muchos podrían decir.
Mi mente es ágil, para comprender, para pensar, para empatizar con el otro; mi corazón es noble y me permite tratar con amor a los que me buscan para acompañarlos en el camino.
Y teniendo tanto me volví arrogante y caprichosa.
¿Qué cosa he deseado que no se me haya dado? Tan poco.
Me es difícil pensar en algo que no tenga.
Desde hace años dejé de ser la favorita de mi padre, hoy en día no me habla. Y no he podido aceptar que no me quiera como yo quiero o que no me trate como yo quiero. No he podido aceptar que tiene derecho a no querer hablarme, no he podido aceptar el hecho de no ser su consentida, de que elija estar lejos y hacer su vida de nuevo, como le plazca. No me ha sido suficiente con lo que me dio, quiero más y en ese querer más sufro.
Cuando las cosas no pasan cómo y cuándo yo quiero lo convierto en un problema. Me pregunto por qué y me genero dolor. No puedo aceptar un no como respuesta, porque creo que me lo merezco y que debería tenerlo.
Vivo en un pasado que no fue como yo esperaba. Me hago tanto daño viendo lo que me faltó sin comprender que todo eso templó mi carácter, que me ha hecho ser quién soy. Lo digo en serio, con el corazón en las manos escribiendo esto, y ya no quiero vivir así.
Quizás por eso siempre me ha molestado pedirle a Dios, cuánto más podría pedirle que no me haya dado ya.
Pido y me pido perdón por hacerme eso. Quiero liberarme, y el único camino que veo es hacerme cargo.
"Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar aquellas que puedo y sabiduría para reconocer la diferencia".
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