Deja que las cosas se rompan Alejandra, déjalas que se rompan.
Hace menos de un mes tomé un taller que me confrontó, me puso de frente a mi miedo, a mi soledad. Estoy uniendo piezas solamente, aún no veo la imagen completa. Prosigo.
Hace pocos meses le pregunté a Paco cómo me había convertido en esta persona juiciosa, que sentía envidia por su hermano, que castigaba a su familia cuando no hacían lo que quería y que se cerraba cuando las cosas no eran como yo creía que debían ser. Le pregunté porque de verdad no me gusta ser así y necesitaba una respuesta, como si me dijera "toma esta llave, abre esta puerta y detrás está la causa y por ende, la solución para dejar de ser así". Pero en cambio Paco solo me dio, como es costumbre, una respuesta que me cagó de a madres porque no me dijo nada concreto. Me dijo que actuaba así porque tenía heridas que aún no había sanado. ¡Grande Paco! me dejaste igual o peor.
Durante el taller me vi a mi misma sentada, en mi cuarto como era costumbre de pequeña, jugando sola, deseando tener amigos o vecinos con quiénes compartir; veía la imagen de mí asomada al pasillo de la casa de mi madre, y fue como si ese pasillo fuera más largo y oscuro de lo que es en realidad, y al fondo solo veía a mi madre en la cocina, triste, enojada, dolida, sin percatarse de mí. Ahí entendí mucho de mi soledad, de mi necesidad de no dar problemas, de no hacer ruido, de sumirme en mis pensamientos, en mis fantasías, porque no me sentía vista por el mundo.
Me volví observadora, creía entender lo que le pasaba a los demás y por lo tanto, tener las respuestas a sus problemas. Creí que era suficiente con hacer lo que me tocaba de la mejor forma posible y que los demás solo tenían que hacer lo mismo. Con el tiempo eso se convirtió el resentimiento, enojo y mucha soberbia, por no entender cómo las personas no hacían solamente lo que les tocaba y ya.
Hace pocos días también confronté con mi egoísmo y mis caprichos. Con ser la favorita de mi padre y de Dios, con tener casi todo lo que había deseado, cómo y cuándo yo lo quería, con no saber recibir un "no" como respuesta, con no saber esperar. ¿Y cómo aprenderlo? si durante mi vida he trabajado duro y tomado decisiones difíciles para conseguir lo que quiero, ¡y se me ha dado!
No le tengo miedo a las alturas, le tengo miedo a caer, me cuesta soltarme cuando me encuentro colgada de algún lugar, aún que sean 10cm sobre el piso; cuando tengo que soltar algo y dejarlo caer al piso, siento como mis entrañas se contraen, me duele el estómago solo de imaginarme que algo que deje caer se va a romper. No me gusta que las cosas se caigan o se rompan.
Todas esas piezas las acomodo hoy de la siguiente forma:
Hoy me digo "deja que las cosas se rompan", ya no luches, suelta, enfrenta tu miedo, deja que las cosas se vayan al carajo si así deben ser, tírate al piso, llora, permite que te diseccionen y te despedacen y vuélvete a armar. No estas sola, tu puedes con esto. Deja que llegue el incendio y que abra todas las semillas en el suelo para poblar de nuevo el bosque, rómpete, ya llegará el tiempo de sanar y ser más entera.
Recuerdo el final de mi película favorita, esa escena donde Oliverio dice: "Ana me partió el corazón, pero al herirlo lo creó. Nunca lo entenderías, mi pobre Ana, mi querida Ana, nunca hubiera podido pagarte esto que hiciste en mí, iluminaste el lado oscuro de mi corazón". Las heridas no solo son lecciones, son parte del proceso de creación, de crecimiento, de cambio.
Recuerda esa canción que desde niña te sabes: "Si el grano de trigo no muere, si no muere solo quedará, pero si muere en abundancia dará, un fruto eterno que no morirá".
Tantas y tantas cosas que hablan de dejar que las cosas se rompan, de sanar.
¿Es que acaso no crees en lo que predicas? ¿Por qué el miedo entonces?
Rómpete Ale, suelta Ale, confía Ale, se paciente Ale, se humilde Ale, no empujes el río, no dejes que la vida sea, acepta que la vida Es. Vívela.
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