Tu a mi lado o yo al tuyo, no importa, era cosa más bien de compañía.
Me desnudaste o te desnudé, sabiendo de antemano nuestras expectativas desnudábamos la piel, tu con más equipaje de lo necesario y yo intentando encontrar en ti lo que había abandonado.
"No te enamores de mí" dijiste, y yo pensando que todo ese amor que buscabas pidiéndolo a la inversa no podía dártelo, porque yo buscaba el amor en otro lado.
Y tratando de poner cada quien las sombras de su lado recurrimos al silencio. Al principio preguntabas más por educación que por verdadero interés en qué pensaba, y yo pensando que deseaba no me preguntaras nada. No estábamos para contarnos nuestras vida, ambos sabíamos los pasos y pesares que llevábamos cargando, estábamos para sentirnos, tocarnos, besarnos, mordernos, estábamos, tu recorriendo mis formas y yo deseando que las embonaras con las tuyas, empalmando frentes y costados, mientras jugaba a correr de ti ahí a tu lado para que me alcanzaras, mientras tu sudor recorría mi cuerpo y yo trataba de beberme la vida con tu aliento.
Estábamos para demostrarnos cada quien un punto, embotados, para no herirnos con nuestras historias, y fue entonces qué te pregunté como parte de un reflejo por qué habías tardado veinticuatro horas en aceptarme, y fue entonces que tu respondiste que a pesar de ser un cabrón tenías sentimientos. Y quién no los tiene, pensé, agradeciendo que me dijeras algo que parecía asemejarse a la verdad pero evitando caer en el viejo hábito de preocuparme por el otro más que por mi misma.
Volvimos a caer en un silencio, esta vez más profundo y significativo, volviste a llevarme al límite del placer y del cansancio, saturando mi cuerpo de estímulos, obligándome a pedirte que te detuvieras, a reconocer que mi cuerpo tenía el límite del desuso, del abandono, de ese olvido al que lo había llevado por mera autopreservación.
Quería morderte, clavarte las uñas, amalgamarnos, encontrar tu ritmo y seguirlo, quería pedirte perdón por buscar tu cuerpo y agradecerte por cada atención brindada. Quería acariciar tu piel hasta que sintieras como se sanaba la mía.
Y así estuvimos, entreverando silencios, pasiones, historias, cuerpos, miradas, de una forma tan precisa y tan exacta que al final olvidé preguntarte cómo estabas.
Ahora, no solo agradezco tu experiencia y tus destrezas en placeres y lisonjas, agradezco todo aquello que no me dijiste y aquello por lo que no preguntaste, agradezco tus años, y que seas un cabrón que sabe compartir y compartirse con el cuerpo y que sabe también quedarse callado.
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