Se sentó en el sillón doble, en el extremo izquierdo, de frente a él y le leyó lo que llevaba arrugado en el bolsillo:
"Vengo con usted porque si no vengo me mato. Estoy convencido de que esto que tengo dentro tiene solución pero no la veo y ya no aguanto más. Ya no aguanto hablarme a solas para repetirme lo de todas las mañanas, tardes o noches cuando aparece sin aviso el recuerdo de no sé bien qué cosa. Ya no aguanto sentirme pesado, cansado, con ganas de casi no moverme ni para respirar. He llegado a creer que moriré pronto, espero yo de un accidente, porque alguien que vive de esta forma no está destinado a muchos años en la tierra. Me da asco el mundo, mejor dicho, me da asco el hombre. No creo en ningún Dios, en ninguno de todos esos que hay para escoger. Me preocupa haber vendido lo poco que tengo de idealista por unas cuantas comodidades. A lo más que llego es a hacer manifestante y rebelde de sillón. He perdido toda esperanza, o quizá sólo me queden dos: que usted pueda ayudarme o que al cruzar la calle algún camarada humano haga el favor de matarme".
El lo miró desde el otro lado de la habitación y le dijo:
"Curioso que no pueda yo preguntarle "usted ¿por qué no se suicida?" y en cambio deba preguntarle "usted ¿por qué no vive un poco?"
Esa fue la primera sesión de terapia más rápida de su vida.
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