El sexo de los ángeles
Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.
Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.
Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.
Y si Ángel, para abrir el fuego, dice: "Semilla", Ángela, para atizarlo, responde: "Surco". El dice: "Alud" y ella, tiernamente: "Abismo".
Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.
Ángel dice: "Madero". Y Ángela: "Caverna".
Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.
Él dice: "Manantial". Y ella: "Cuenca".
Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.
Ángel dice: "Estoque", y Ángela, radiante: "Herida". El dice: "Tañido", y ella: "Rebato".
Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.
FIN
Mario Benedetti
Quizá no sepa como describir lo que sentí cuando escuchaba aquello, pero fue como si mi cuerpo temblara por dentro y de un momento a otro todo ese temblor subiera a mi cabeza, estremeciera mis pensamientos y culminara en una explosión que me abrió para siempre las ideas.
Fue entender eso que había sabido desde muy pequeña, que las palabras tocan de forma distinta, que llegan más profundo y que cambian aquello que han tocado para siempre.
Después de ese cuento comprendí que quería aprender a tocar sin tacto, usar la palabra precisa, comprender el significado de cada cosa, buscar la forma de describir el mundo de manera que hasta un ciego pudiera imaginarlo. Mientras más leía más cosas sentía, mientras más sentía más quería leer, comprendí que leer no era sólo para aprender y que escribir no era solo para fines académicos.
Leía para sentir, escribía para sentir, sentía para tener algo qué escribir. Comencé a ver la vida como páginas, como historias, como capítulos de un libro, veía a los extraños e imaginaba cómo serían sus vidas, escuchaba a la gente y de inmediato recordaba un fragmento, un verso, una palabra que ya había leído en otro lado, dejé de saber si lo que decía era propio o ajeno, si la realidad era una copia de la fantasía o viceversa, me vi obligada a buscar con desesperación algún poema que explicara lo que estaba sintiendo, todo tenía que tener nombre para entenderlo.
Y fue así como terminé estudiando lo que estudié, trabajando en lo que trabajo y buscando aún la palabra exacta para cada cosa. Porque la palabra, ese código verbal o escrito, no sólo explica, define o transmite algo, la palabra también sana.
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