Se puede ser feliz sin creer en Dios.
El amor no duele.
Una persona feliz no puede desear lastimar a otros.
Tres ideas que pintan mi mundo de rosa.
Como cuando dejé de forzarme a creer y a sentir algo en lo que no creía ni sentía y comencé a creer y a sentir lo que me nacía, esa plenitud de compartir con los seres amados, la dicha de cielo pintado de rojo, la frescura de la lluvia, la paz de ayudar al otro, la satisfacción de ser íntegro aún cuando nadie vea, las olas del mar, no se necesita un Dios para sentir que la vida es un milagro.
Como cuando dejé de querer que el amor fuera como yo necesitaba y me dediqué a amar, a tomar lo que viniera como llegara y a soltar lo que necesitaba marcharse, sin doble moral.
Cuando experimenté en carne propia que el hacerle daño al otro, si bien genera placer, no da felicidad. Porque el placer es momentáneo y la felicidad es perenne. Que las personas felices generan, construyen, no destruyen. Que cuando soy feliz deseo que los demás sean felices. Que la felicidad es producto del amor y que el amor no duele.
Que tal vez Dios no sea nada más que amor y que el amor no sea nada más que el comulgar con todo en busca de bienestar.
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Uno qué sabe? pues sabe su verdad...