Siempre que me siento muy amada, muy contenta o muy agradecida, lloro.
Se me atoran las palabras en la garganta y salen como lágrimas.
Estoy llorando.
Recibí el año sola físicamente. Lo necesitaba así. Para estar conmigo, para procesar todo lo que ocurrió estos días, para hacer inventario y re-conocerme, para fijarme nuevas metas, para ver lo que logré y en qué crecí, para saber lo que solté y lo que deseo cambiar.
Voy bien, me repito. Cada día lo hago mejor.
El camino de libertad es medio jodido. He necesitado alejarme de lugares y personas, renunciar a ciertas formas de vida, a lo convencional, tomar decisiones increíblemente dolorosas, sacar personas, perdonar a otras, pedirme perdón y seguir adelante.
A veces no puedo evitar juzgarme mala persona, todavía hay vestigios de eso, cuando me veo no siendo como me gustaría ser, sin embargo, cada día me siento un poco más orgullosa de mí. Quisiera ser más humilde o menos arrogante, quisiera vivir más en paz, con menos cargas, hay tanto que todavía deseo en mi vida, no sé si tenga el tiempo suficiente para lograrlo.
Mientras tanto, hoy sigo llorando diciéndome “lo hiciste bien Alejandra, lo hiciste bien”.
Tengo un compromiso conmigo, porque es la vida que elegí.
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