Mi historia no es más triste que la tuya... Y puede que tampoco sea más triste que ninguna.
Tuve el mejor papá del mundo. El que me enseñaba cosas nuevas cada día, el que me dejaba experimentar con el mundo, el que me pedía que pensara lo que iba a decir antes de decirlo, el que no me levantaba cuando me caía, el que jamás me puso una mano encima aún cuando me lo merecía, el que me dejó ser tan rara como quise, el que se tragó sus palabras para no herirme, el que me hacía sentir que era capaz de lograr cualquier cosa y que sólo me pedía algo a cambio: "se la mejor en todo lo que hagas".
Tuve el mejor papá del mundo, hasta que un día me di cuenta de que era humano. Fue entonces cuando el mejor papá del mundo desapareció y me dejó a cambio a un padre ausente, un padre que prefirió alejarse para no ser cuestionado, un padre que llegó tarde a todas mis ceremonias de premiación, un padre que mentía constantemente y que dejó de comunicarse conmigo.
Con los años tuve otro padre, uno con el que compartí un breve alcoholismo, uno con el que me iba de parranda, uno con el que cantaba en bares, uno con el que hacía bromas y tocaba la guitarra, uno que me utilizó sin darme cuenta para ganar una guerra de popularidad paterna.
Ahora, ahora tengo un padre tan golpeado y tan dolido que prefiere perderlo todo antes que su orgullo, uno que no contesta mis llamadas, uno que sigue mintiendo y manipulando para no reconocer que se equivoca, uno que prefirió suspender el trato cuando no quise tomar su "bando". Ahora tengo un padre que me duele en la distancia, al que le he dicho que lo quiero y le he pedido que me lo diga de vuelta, en serio.
Ya no quiero ni un padre bueno ni uno malo, ni uno ausente o presente, ahora sólo quiero tener un padre feliz. Uno que haga las paces con la vida y que aproveche a su familia, que sea la mitad de buen abuelo como lo fue de padre conmigo, uno que pueda sentarse a la mesa en navidad sin sentirse extraño, uno que entienda que yo sé que hizo lo mejor que pudo con lo que tenía, uno que sepa que gracias a él soy lo que soy y que con nada podré pagárselo, uno que al dormir se lleve una sonrisa a la cama sabiendo que, a pesar de todo, es un gran padre.
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