domingo, 27 de septiembre de 2015

Del cantor del dolor...

Se volvió en mi esa clase de amor o de dolor que nos atraviesa de golpe, que nos saca el aire, que nos congela, que nos detiene el corazón un momento, que nos alucina y nos presenta la fantasía en realidad. O, para ser más sincera, se volvió en mi todo lo antes dicho con su voz meliflua y su andar parsimonioso.

Él no sabía para qué cantaba, no sabía por qué y para qué había recibido ese talento y por supuesto, no sabía cómo compartirlo. Yo pensé decirle tantas veces que no era lo que cantara, ni cómo lo cantara, siempre que viniera de su necesidad de cantar. Solo así podría convertirse en la voz que da voz a la valentía, a esa voz que habla sobre los miedos de ser uno mismo y seguir al corazón.

Era un valiente, trasformado en político y diplomático, amoldado para parecer, un hábil casi prodigio en mimetizarse con los otros, pero su risa lo delataba. Cada sonora vibración producida por la alegría o la ironía dejaban entrever que su voz no estaba hecha para proferir las mismas mentiras o los mismos engaños que los demás endulzaban con palabras compasivas.

Lo conocí un día y me pareció tan normal, tan predecible y tan poco confiable como los otros que antes habían cruzado saludo conmigo, pero fueron sus silencios, lo que no decía con palabras lo que llamó mi atención. El dolor que expresaba su mirada, el enojo que exhalaba, la indignación sobre sus prójimos que se bebía en un te, la traición sobre él mismo mientras compartía con otros acciones y lugares inmerso en las notas de alguna canción.

Quería cantar con dolor, con desgarro, quería cantar como la voz de ese amor rechazado, sin saber que había dentro de él otros dolores igual de profundos, igual de puros, igual de humanos, y yo quise decirle que solo a través de tocar el dolor propio podría convertirse en una voz para los otros.

Quise decirle que no hacía falta show, que hacía falta el valor de mostrarse vulnerable, que muy pocas voces traían el mensaje del viaje profundo a esos sentimientos y esas dudas que nadie nos dice,que nadie nos explica, que nadie nos cuenta que existen, pero que se sienten y se lloran más reales. Quise pedirle que fuera un artista de su vida, que cantara para esos tantos otros que vamos por la vida incompletos y que nos llenara con su voz.

Quise pedirle que buscara el miedo más profundo y lo abrazara, y lo volviera su aliado, que tuviera el valor de ser lo que yo no era, que me contara con graves y agudos la historia de la vida, del terrenal que vuela cantando y se separa de los otros y se une con el universo.

Tal vez no necesitara saber para qué cantaba mientras cantara, mientras se volviera etéreo y contara historias entre armonías, mayores y sostenidos, mientras se volviera en otros lo que se volvió conmigo, esa clase de amor o de dolor que nos atraviesa de golpe, que nos saca el aire, que nos congela, que nos detiene el corazón un momento, que nos alucina y nos presenta la fantasía en realidad.

Nunca lo escuché cantar pero fue para mi las mejores notas, las que solo los niños pronuncian con su llanto y con su risa, y las que dicen suavecito "te quiero, te voy a extrañar".

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