lunes, 28 de septiembre de 2015

Del Corazón de mi vida...

Un día Kokoro (corazón en japonés) llegó a mi vida.
Llegó llena de pulgas, flaca, sucia, con miedo y hambre. Me la regaló una amiga que sabía que estaba pensando adoptar un perro. No me dio mucha opción, me la llevó al trabajo y me vi forzada a llevarla conmigo a casa. 
Una semana después me fui de vacaciones, y al regreso la encontré muy enferma. Me decían las personas que la habían cuidado, que había estado bien hasta ese día por la mañana que comenzó a vomitar. Yo la llevé a casa de nuevo e intenté que comiera algo, sin éxito. A la mañana siguiente la llevé al médico y le dieron tratamiento, todo ese día no comió y vomitaba sabrá Dios que cosas porque ya nada le quedaba dentro. Al día siguiente la llevé de nuevo al médico y me dieron muy mal pronóstico, dos días sin comer y sin mejoría por el tratamiento no eran buena señal, me dijeron que debía darle 3ml de suero cada hora por 24 horas, que debía darle de comer a fuerza después de que vomitara y que debía ponerle 3 inyecciones por la mañana, una al medio día y otra por la tarde por tres días, si para el tercer día no comenzaba a comer debía llevarla a que la sacrificaran. 
Para el día martes ella llevaba tres días sin comer y yo llevaba poco menos de 10 horas siguiendo las instrucciones que me había dado el médico. Fue entonces que llegó la noche y puse la alarma cada hora para poder darle suero e intenté dormir. Cuando sonó la primera alarma no podía encontrarla, la busqué por todos lados y no aparecía, entonces decidí buscarla dentro del closet, recordando aquella película donde decían que los perros se aíslan cuando están a punto de morir. 
Ahí estaba, acurrucada en el rincón oscuro debajo de mis chamarras, sin moverse. Yo la saqué con cuidado y le di el suero sin que ella pusiera mucha resistencia, no tenía ya fuerzas la pobre. Lloré desconsoladamente durante un rato, le prometí que iba a cuidarla y a quererla, que iba a hacer todo lo que pudiera por que viviera y que si ella confiaba en mí y hacía el esfuerzo, la iba a llevar a que conociera el mar, uno no puede irse de este mundo sin ver un atardecer sentado en la playa. 
Al día dos del tratamiento se levantó, al día tres puso resistencia para las inyecciones de la mañana y aceptó la galleta de premio que le ofrecía el doctor. Yo no resistí y solté el llanto cual niño regañado, era un llanto incontenible, se me escurrían los sentimientos con cada lágrima y reía y lloraba confusamente mientras abrazaba a la sobreviviente. 
Me dijeron que no podía sacarla durante mes y medio, que no podía tener contacto con otros perros, que debía llevarla cada 15 días a que le dieran medicamento y que después de todo eso " a ver que pasaba". 
La cuidé, la bañé, le compré comida que parecía gustarle, la llevé al médico cada dos semanas y este sábado, por fin, la dieron de alta. 
Lo primero que hice fue llevarla al mar, y todo valió la pena. Verla tan feliz saludando a todos, jugando con los niños, olfateando a los otros perros, corriendo tras su pelota, revolcada en la arena, brincar a mi lado como dándome las gracias. Sentada junto a mi al atardecer. 
Se había reconciliado con la vida y me reconciliaba a mi con ella, a veces el amor puede salvarnos la vida.
Ella cumplió su promesa y yo cumplí la mía y desde entonces no hay día que llegue a casa y que no le agradezca que me haya enseñado cómo ser una guerrera. 

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