Acompañar en el proceso, a eso me dedico.
Llegan conmigo heridos, dolidos, confundidos, perdidos, con las piezas fuera de sitio, con un mapa que no saben cómo leer, con tantas emociones desagradables, con tantos secretos, con tanto y tanto que descubrir por ellos y por mí.
Y a mí me maravilla el proceso. Ver las piezas, los colores, las formas, ver el mapa, aprender a leerlo, ir moviendo poco a poco las piezas, probar, comprobar, fallar. Adoro el proceso de cambio del otro, ver su miedo y su valor, ver todas las veces que quiere echar para atrás y continuar. Verlo crecer, encontrar certezas dentro de sus dudas, descubrir un nuevo camino y seguirlo. Ir poco a poco sintiéndose pleno y feliz. Me parece que es como ver florecer algo, nacer algo, como las flores que rompen el concreto para nacer, es un milagro.
En mi vida, atesoro conocer personas desde hace varios años, porque los he visto crecer, descubrirse, armarse, completarse, ser valientes; los he visto enfrentar su sombra, sumergirse a lo profundo y salir más humildes y más humanos. Los amo por eso. Y si puedo formar parte de eso, me siento agradecida. Es mi forma de decirles con acciones que los amo, que los admiro, que cuentan conmigo. Que estaré al lado del charco de lodo o al salir de la cueva, como ellos han estado esperando por mí.
Esperar pacientemente es un acto de amor, no solo actuar. Ahora lo entiendo. No solo ayudo haciendo, a veces ayudo más dejando de hacer. Acompañar en la distancia y confiar en el otro y en mí.
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