¿Quién dice que los pucheros no funcionan?
Recuerdo cuando se bajó de mi coche y se quiso despedir cual cualquier hijo de vecino, así nomás con un adiós el descarado. Entonces, haciendo alarde de mis años de experiencias en pucheros, doblé mi labio inferior y puse cara de tristeza, no, no, no, de desconsuelo.
Entonces él, sin pensar ni penar (ni pena de vergüenza ni pena de pesar), se subió de golpe al asiento a mi lado y me dio uno de los besos más lindos y espontáneos que me han dado en la vida.
Después de eso vino la conciencia de los acontecimientos y llegó la risa.
¡Que vivan los pucheros, lo espontáneo y el amor!
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