Me desperté, y sin ser novedad, pensé en ti.
Ya no puedo soportarlo, ya no puedo contenerlo, estoy cansada de llevar dentro todo esto que no entiendo cómo apagar.
Pensé que con darme cuenta por qué siento lo que siento por ti sería suficiente, y lo entendí, pero nada cambió.
Un día tu me compartiste algo muy tuyo, de hace años atrás, cuando eras un niño, cuando escribiste una oración para pedirle a Dios que te permitiera ser el mejor en todo lo que hicieras, como te lo decía tu abuelo. Las lágrimas asomaron por mis ojos cuando me compartías eso, y fue por dos razones. La primera te la dije en ese instante, mi padre, un hombre un poco complicado y ausente emocionalmente, siempre me pidió que fuera la mejor en todo lo que hiciera, y me lo repetía gustoso cada vez que yo tenía algún logro, era mi forma de hacerlo sentir orgulloso de mi, de que me viera, de sentir que estaba haciendo lo que él quería y que así iba a amarme. Con los años, eso me trajo más desdichas que alegrías, con el tiempo he tenido que alejarme de él porque eso que cargo, esa responsabilidad, pesa demasiado y me desvía de lo que creo que quiero o de saber qué es lo que quiero.
La segunda razón no te la dije, porque de esas cosas no hablamos tu y yo. La segunda razón es que hace meses, cansada de sentir que por más que lo intentara no podía amar a nadie, pensando que quizás había perdido esa capacidad, de asombrarme, de intimidarme, de quedarme inmóvil contemplando a alguien, de temblar ante el tacto de otro, de enmudecer, de poder escuchar mi corazón palpitar, de soñar despierta, que todo eso ya lo había perdido, que me había cerrado de tal forma que no le permitía a nadie más entrar, y fue entonces, cuando en un momento de desesperación pedí al universo (tal vez tu puedas llamarlo Dios), pedí con todo lo que vibra dentro de mi, con todos mis deseos y mi necesidad de amar, pedí que me permitiera enamorarme, así sin más "universo, quiero enamorarme", y fue entonces, que apareciste tu.
Llegaste en el momento preciso que abría mi corazón, con todas esas palabras y cualidades, con todas esas preguntas de las cuales, en su mayoría, no conozco la respuesta, llegaste con tu porte y tu presencia, con ese carisma, con la profundidad de tu mensaje cubierto y encubierto de solemnidad y diplomacia. Llegaste y hablar contigo fue un descanso, no sentí que el tiempo pasaba, no quería irme sin pronunciar cada palabra que conociera y, aprender de ti otras cuantas.
Convivir contigo minutos, horas, días, cada momento era valioso porque, aún que al principio no sabía qué pasaba, fui descubriendo que todos esos sentimientos que tenía tenían un solo nombre, y que ese nombre era lo que había pedido, te amaba, cada día más, cada momento más profundo, con cada historia, con cada sonrisa. No puedo negar que la poesía hizo gran parte del trabajo, pero no era eso por lo que te amaba y hasta hace poco no había podido comprender por qué.
Apareciste cuando necesitaba enamorarme, pero no de ti, sino de mi misma, me hiciste verme a través de ti, y dicen que para eso sirve el amor, para vernos a través de los ojos del que amamos, y yo veía con tus palabras, lo que había intentado ocultar durante gran parte de mi vida, que soy apasionada, romántica, que veo la vida color de rosa, que me duele todo prufundamente porque profundamente siento todo, que amo la poesía porque define lo que en mi incapacidad producida por el miedo no puedo ver, porque leer lo que otros han sentido le da sentido a lo que vivo, porque a través de cada verso yo siento un poco de lo que me afano en lapidar. Me vi siendo idealista y orgullosa de serlo, defendiendo al amor, a los principios, a la vida misma, y fue a través de ti que entendí que era momento de empezar a conocerme. Me diste la oportunidad con cada plática de acercarme a lo que quería negar, y de ver, muy gentilmente, que era necesario que lo viera, que era un desperdicio no verlo, que tu lo veías y que era posible que otros también lo vieran, me animaste a dejar que fuera visto por otros, lentamente lo puse ahí afuera, en el escaparate donde muestro a los que quiero aquello que me da temor mostrar.
Creí que una vez que entendiera todo eso podría darte las gracias por haber llegado a mi vida y despedirte, pero no fue así. Aquí sigues cada mañana cuando me despierto, aquí sigues tras cada linea que leo y pienso que podría gustarte, tras cada canción que me ilumina y pienso que podrías apreciarla, tras cada idea que quisiera que escucharas y me dieras tu opinión, tras cada momento en el que...
Me imaginé sentada, cuando por fin pudiéramos vernos de nuevo, en ese café, en esa mesa, con esas flores pequeñas, con ese mesero lento para atender, y tu dejando que el teléfono sonara, a veces sin contestar. Me vi en frente tuyo, con el estómago hecho nudo, con la garganta y la boca secas, con mi corazón galopando y con mis ojos a punto de dejar salir el llanto. Ahí sentada frente a ti, me vi diciéndote: "Gracias. No pido más, ya no necesito más, pedirte más sería injusto para ambos y me alejaría de disfrutarte". Lloraría quizá, con una sonrisa a penas esbozada, pero lo que diría sería profundamente verdadero, ya no pido más. Saber que vibras en una frecuencia en la que puedo sentirte, saber que cantas en ese tono perfecto para mi segunda voz, saber que tus palabras son afinadas, como cuando un novato busca desesperadamente esa nota para afinar su guitarra y de pronto la encuentra...
Quise tomarte la mano, a lo que no me atrevo por respeto, ese maldito respeto, besarte, a lo que no me atrevo por miedo, ese maldito miedo, quise abrazarte largo a lo que no me atrevo por cobarde y por mi incapacidad de mostrarme vulnerable.
Ya no sé ni lo que escribo, nada tiene ilación, nada sirve, debería acostumbrarme a tenerte cerca de mis pensamientos, a que me rondes y encontrarte al doblar una esquina o pasar una página, a tenerte en el recuerdo, a ya no poder más con todo esto y rendirme aceptando que uno no elije de quién enamorarse y tampoco cuando dejar de amar. A llenarme de todo lo que me diste y sentir que me elevo escribiendo porque de cierta forma escribo gracias a ti.
Me rindo, ya no puedo más. Amarte será un ejercicio para acercarme a mi misma,
Solo una cuenta pendiente tendría contigo, tocarte. Y con Yann Tiersen sonando al fondo escucho al cello que aviva la melodía y siento que es mi pecho desbocado al escribir esto que escribo. Necesito ser capaz de irrumpir en tu cuerpo, de tenerte cerca y no distraerme recordándole al mío que debe mantener el equilibro, tenerte a mi lado sin medir mentalmente tu distancia de la mía, la cual debe ser prudente, sin estar tan lejos que no pueda sentirte y tampoco tan cerca como para que sientas mi ansiedad de ti. Sin anticipar la despedida a media conversación y negociar conmigo la forma y prolongación del abrazo. No pido cuerpos desnudos, sin atavíos, de nuevo sería pedir demasiado, pido poder servir el té sin cuidar de rozar tu mano, evitando así derramarlo.
Que mis palabras no te alejen nunca, que no sean una barrera, que sirvan para crear puentes indestructibles. Que cuando me leas puedas entender mi mensaje:
Déjame amarte, sin pedirte nada, solo déjame amarte, en la distancia, en tu silencio, con mis palabras y tus ausencias. Permíteme acercarme a mi a través de ti. No me prives nunca de tu presencia ni de la inspiración que ésta conlleva. Se mi numen, mi vena, mi poesía.